Ayer fue un día muy especial para mí. Pero… como siempre, no sé disfrutar de las cosas bonitas que me pasan. Cosas por las que trabajo muchísimo. Algunos dirían que es el síndrome del impostor. Otros, que tengo estándares muy altos.
Yo no sé exactamente lo que es. Pero me siento así, un poco.
Ayer mi profe me envió las notas que he consegido en mi examen de certificación de nivel C1 en español y, en ese momento, me sentí muy orgullosa de mí. De alguna manera, sabía que no iba a tener problemas en conseguir el título. Pero al recibir el mensaje de mi profe, que me escribía:

Me sentí muy agradecida. Muy feliz. Muy orgullosa de mí misma. Y me hizo pensar en todos esos comentarios que he recibido durante el último año por parte de mis compañeros. Sentía que había ganado. Y que he sanado todos esos momentos incómodos en los que, indirectamente, se burlaban de mi acento. O de mi manera de pronunciar las palabras.
Y me dije: A ver qué van a decir ahora. ¿Van a atreverse a burlarse más de mi?
Me respondí sola: Jajaja, Timeea, ce ilusa. Van a decir que ahora regalan títulos de idioma porque de algo tienen que sobrevivir los funcionarios. Y que el gobierno tiene que gastarse el dinero en algo.
Y me puse triste. Tanto, que toda la noche estuve soñado escenarios imaginados sobre cómo va a ser el momento. Y no entiendo por qué.
¿Por qué van mis pensamisnetos entorno a los que me tratan mal?
¿Por qué no puedo estar en el momento y disfrutar de las palabras llenas de orgullo de mi familia?
Lo cierto es que vivir en España del 2025 también es esto. Es vivir constantemente entre personas que te hacen sentir que tu valor personal y profesional depende de tu nacionalidad. Sentir que no es tu sitio estar en un puesto especializado. Que no tienes el mismo nivel de educación que quienes han estudiado en España. Escuchar que la única razón por la que estás en ese puesto es porque al jefe “le gusta tu país”. Que un rumano no es lo mismo que un estadiounidense. O un alemán.
Y los que viven en ciudades grandes como Madrid o Barcelona, Coruña o Sevilla, quizá no lo notan tanto. Pero vivir en la España vaciada es diferente. En los ciudades pequeñas, donde la mayoría de los migrantes no son los que tienen empleos de alta cualificación. También es esto.

